sábado, 25 de noviembre de 2017

Laberinto



Ha muerto Valentín Estrella Rodríguez “Cagancho”, o también “Tripudo”. Una de las primeras personas que traté a mi llegada a la ciudad pirenaica en 1968 y que, desinteresadamente, me permitió realizar, en su finca dedicada a la ganadería ovina, diversas pruebas encaminadas a explicar los mecanismos tróficos de las grandes aves necrófagas. Valentín, que siempre mantuvo conmigo una línea de corrección y respeto, quiso, sin embargo, dar a entender, desde el principio de nuestra amistad, que él era algo más que un pequeño ganadero, que era alguien que disponía de argumentos suficientes para desbancar mis ínfulas académicas, y que guardaba ciertos secretos por los que deseaba ser preguntado. Por ejemplo, Valentín Estrella atesoraba un objeto misterioso que un buen día, sin una razón clara, decidió mostrarme. Era una piedra plana, cuadrada, de unos treinta centímetros de lado, con un laberinto grabado en una de sus caras, una piedra que, según dijo, había encontrado uno de sus bisabuelos al roturar las tierras próximas a las ruinas de un monasterio cluniacense. Hoy, su hijo Cosme, en un acto breve pero solemne, en el panteón familiar, me ha entregado la piedra. Luego, ya en la explanada del aparcamiento, se ha acercado, vacilante, y, con voz entrecortada, me ha aconsejado que, cuando llegue el día de la desesperación, recorra el laberinto con el dedo índice de mi mano derecha; un recorrido que, si soy hábil, me conducirá a un círculo donde reside la muerte, e incluso, si mi habilidad es sobresaliente, me hará progresar aún algo más hasta alcanzar el punto central, la puerta que se abre al mundo inferior, donde su padre me aguarda.




7 comentarios:

Anónimo dijo...

Dicen que las últimas palabras de Paul Léautaud,  apasionado y valedor de los animales, ácrata retraído, de ánimo mordaz y burlón, y de oficio escritor, fueron : "Ahora, dejadme en paz”.

Anónimo dijo...

Muy bueno este caso-relato, propio de un inimitable fabulador.

Anónimo dijo...

Ha sido un placer leerlo.

Anónimo dijo...

Antes de que desaparezca mi rastro, quiero un obituario así.

Anónimo dijo...

De una gran intensidad, un crescendo emocional, propio de un escritor de tu talla.
Maravilloso.

Anónimo dijo...

Cóndor.
Vate.

Istefel dijo...

El laberinto de Epidauro.

Por fin!